viernes, 20 de marzo de 2009

Literatura de combate

El martes comenzó un ciclo que reúne a protagonistas del arte, la literatura y el mundo de las ideas, para que expongan su propio y aggionardo manifiesto en plena noche porteña. Un espacio de experimentación para un género político en épocas de nihilismo.
Por: Guido Carelli Lynch

Sobre el Ciclo Manifiesto.
Publicado en el sitio de Ñ.
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¡Un grito! El de Leonor Silvestri o el de una, dos, tres y hasta cuatro generaciones enfrascadas en la abulia global, hija del escepticismo militante y post-traumático de los años de plomo, de la sangre derramada o de esa anomia (anemia actual) insoportable que trae consigo el fondo y el gusto repulsivo de la resaca posmo, o peor, ya ni eso.

Los manifiestos políticos terminaron mucho antes que El fin de la Historia de Fukuyama. Difícilmente regresen. La nostalgia, el rechazo, el cansancio de la queja y también, por qué no, una cerveza, sirvan de excusa para acercarse a escuchar a artistas y personajes de la cultura, dispuestos a decir lo que pocas o ninguna publicación cultural está dispuesta a publicar. Como el último martes, el día de la inauguración del Ciclo Manifiesto, donde el crítico cultural –sólo para resumir- Rafael Cippolini, la poeta Leonor Silvestri y el escritor y autor del blog Trabajos Prácticos, Esteban Schmidt, dejaron sentados manifiestos íntimos de quiénes son y también de los otros.

Los organizadores del ciclo también se afirman, también saben lo que quieren y adónde apuntan. "Queremos que haya, sí, discusiones estéticas, ideológicas, políticas. Que los actores de la cultura se animen a disentir y producir a contracorriente. Es la única manera de enfrentarse con la cultura fast food imperante", sentencia uno de ellos, Diego Erlan, coordinador de la sección de Literatura y Libros de Ñ, desde donde a veces reniega de esas "entrevistas" a artistas e intelectuales que a veces no tienen mucho qué decir o que quieren simplemente quedar bien con sus amigos.


Junto a Hernán Vanoli, joven veterano de proyectos que no siguen otra lógica que la de su criteriosa voluntad, como la Editorial Tamarisco, quedaron impregnados una tarde cualquiera y en una librería con el tono de Manifiestos argentinos , "con esa poética de la transformación" extraviada, que el autor de ese libraco enorme y fundamental plasma.

Justamente Cippolini, el hombre en cuestión, y acaso el argentino que más conozca sobre el interminable abanico de manifiestos que entregaron las vanguardias político-estéticas del siglo XX, fue de la partida y uno de los más entusiasmados, en el lanzamiento del ciclo. "La era de los manifiestos indudablemente acabó hace rato, pero la figura queda como una suerte de arquetipo demodé al que echamos mano. Hablar de manifiesto hoy es hablar de algo vintage, tiene ese sabor", explica este inclasificable integrante del Colegio de Patafísica antes de dar paso a su ranking arbitrario pero justificado de 9 manifiestos de todos los tiempos que luego compartirá con el público. "El manifiesto siempre es una suerte de biografía invertida. Mientras que las biografías siempre se escriben hacia el pasado, el manifiesto tiene la pretensión de escribirla hacia el futuro. Lo que pasa es que si bien el futuro siempre fue incierto, antes había más confianza en él. Ahora es el No future, como decían los punks, en el 77", agrega y sentencia Cippolini, que festeja e incluye en esa lista al la declaración de los fundadores de la mítica revista Literal o al Manifiesto de la Organización para el Exterminio del Hombre (SCUM), de Valerie Solanas, la feminista que casi liquida a Warhol.

Pero la mayoría de los manifiestos, incluso de aquellos que recita Cippolini son viejos o de viejos y el tiempo es ahora, un regalo, no por nada, un presente. Y Erlan y Vanoli están cansados, "hartos del nihilismo" –repiten- y de las declaraciones amistosas que no piensan en el principio sino en el final, de los que piensan en publicar antes que en recibir, de los profetas del "-me-viene-bien. De no-sé-muy-bien-por-qué-hago-las-cosas-y-prefiero-no-jugarme-demasiado-con-mis-ideas-a-ver-si-ofendo-a-alguien", de todo eso.


Esteban Schmidt, el autor de Palermo Manifesto no es tan optimista. Pareciera estar más de acuerdo con Fukuyama, adiós historia, adiós ideología, aunque lo diga bonito y con cara de enojado. "No hay grandes embanderamientos en grandes causas porque el mundo está unificado bajo una forma de razonar las cosas, la de la renta. "La gente habla de política sólo porque quiere saber cuánto va a valer el dólar, para ver adónde se puede ir de vacaciones. No hay nada más", dice escéptico él, que la conoce de adentro, que contó votos, hizo fraude, "hizo todo", que cuando tenía 16 años era una especie de Lorenzo Miguel adolescente, "una tragedia", se avergüenza.

Pero el optimismo regresa paradójicamente cuando le toca leer y recorrer los vicios de "El adulto municipal", literatura, política, literatura combativa. Leonor Silvestri antes de ser la primera pidió disculpas por su texto –manifiesto- aguerrido. Los tres manifestantes y el DJ Villa Diamante entretienen entre cervezas, en un bar sólo casualmente en San Patricio. Pero también perturban y dialogan con la Historia, con la que no terminó, con el futuro. Como Vanoli, que dice, ya había soñado con esos manifiestos.

Aunque digan lo contrario, Dios ya murió y la historia sigue su curso, pero el arte todavía resiste, al menos para Erlan y Vanoli, y para muchos otros también, como los que ahora se acercaron a Ultra. " Creo que si el arte y el pensamiento se olvidan de revolucionar están muertos. Y por eso no quiero creer ni que el rock ni que la literatura están muertos", arenga el primero.

Los hacedores del ciclo conocen a la perfección el peso de la acción, la importancia y la vigencia del discurso, por eso volvieron con una idea que parece vieja, pero es novísima. "Existe una fascinación por esa literatura de combate que es el manifiesto justamente porque es una expresión romántica, una expresión que te empuja hacia algún lado, que te interpela, es poesía política y también un grito desesperado", insiste Erlan siempre en presente. Vanoli es menos lírico, y luego de su sociológica explicación de cómo estos textos fundantes chocan con los relatos de las estéticas del yo, como un falso fin de los grandes relatos, dispara: "Tiene algo kamikaze que me atrae". Lo mismo dirán muchos de semejante propuesta, en tiempos de nihilismo, en tiempos de aparente nada.