martes 31 de agosto de 2010

Cippodromo(n): Historial

Posteo autorreferencial. Trayectoria(s)


Comencé a escribir el Cippodromo en enero de 2007 en un estudio en el que ya no escribo. La idea era poner en órbita (en la blogósfera) un cuaderno virtual de apuntes sobre usos estéticos (en el sentido más amplio) y las reflexiones que surgieran al paso (más que un cuaderno, una libreta de apuntes ubicua).


Al poco de comenzar (en marzo de 2007) decidí cerrar más mis textos a un conjunto de temáticas. Fui abriendo tags muy específicos. Pensé los textos para la web. Textos kundalini, que se pensaran a si mismos en un contexto bien específico. Escribir sobre la web en la web. Hay quienes creyeron que mis intereses (totales) se contentaban con estas exploraciones a los imaginarios de los contextos web. Nada de eso: el Cippodromo es una experiencia con límites bien precisos. Un 10% aproximadamente de mi trabajo. Últimamente un 2%.


Sigo pensando que no podemos repensar lo que aún llamamos estética sin analizar los efectos de la web en lo social. Eso no me convierte en un webfílico. Simplemente me parece que no atender a esta observación es no focalizar todo cuanto debemos.


La estética no es privativa (jamás lo fue) de las artes visuales. Ni siquiera de las artes. Es exactamente al revés. No me interesa especialmente el campo de las artes si no es como observatorio privilegiado para entender el mundo en el que vivimos. Cuando me refiero a las artes no puedo dejar de aclarar: lo que llamamos arte contemporáneo ocupa un sitial por demás privilegiado en tanto sistema de conocimiento.


El arte contemporáneo es, tal como lo abordo, un instrumento fundamental para explicarme el mundo.


En este sentido Cippodromo no es un blog sobre arte contemporáneo. Es el blog de un ensayista que cree que el arte contemporáneo es un desafío inevitable para observar las formas de vida del Siglo XXI. Aquello que escribo sobre la cultura web proviene de esta dirección.


Lo que todavía denominamos ficción no es lo mismo que llamábamos así hace apenas unas décadas atrás.


Me interesa la blogósfera como red. Aquellos blogs que están en mi roll o que cito mucho son la punta de iceberg de los blogs que navego.


Si hay algo en que no creo es en un decálogo del buen blogger. Me parece tan absurdo como querer imponerle a quien sea qué debe hacer con una libreta de apuntes.


Comencé el Cippodromon en diciembre de 2007 para postear todo aquello que no escribo específicamente para el Cippodromo. Por eso lo denomino el lado B del Cippodromo.


Durante mucho tiempo me propuse la rutina de postear no menos de 4 veces por mes. Llegué a postear ocho. No concibo un posteo para el Cippodromo con menos de 4000 caracteres. Ningún posteo es estrictamente un ensayo. Más exactamente se trata de apuntes para ensayos construidos a partir de linkeos previos que me sirven de referencia y contexto.


Tanto Cippodromo como Cippodromon son diarios personales públicos por defecto.


Este es el mes en que menos posteos realice. En mi vida.

martes 10 de agosto de 2010

Tokonoma presenta

Invitado una vez más por Amalia Sato, para este número escribí sobre las "Sensaciones desconcertantes" (Touwaku, en japonés). Titulé a mi colaboración Selenitas y lunáticos.

Y comienza así:

当惑 Touwaku
Sobre las Sensaciones desconcertantes.


Selenitas y lunáticos


Todo lo oscuro (lo más oscuro) suele suceder a plena luz del día.
De ningún modo para contradecir una atmósfera tradicional, pautada a lo largo de muchos siglos de sugestión (porque incluso la sugestión tiene su propia historia cultural). Sino (y simplemente) porque el horror, incluso tan cotidiano y aséptico como lo concibió el mismísimo Sade, no obedece ni a momentos ni a lugares.
Estas líneas quisieran prometerse en la microhistoria de un mix cerebral, ese ejercicio acaso involuntario que consiste en entender y explorar una historia (una fábula) a partir de otra. Y confundirlas, reescribiéndolas simultáneamente, en único gesto. (...)

El relato más antiguo que conocemos del Japón, el Taketori Monogatari, escrito hace más de mil años y popularizado en nuestra lengua como La leyenda del cortador de bambú o La Princesa de la Luna da cuenta de este insensato exilio. Una bebé, la futura reina de la luna, se deja encontrar muy lejos de su hogar por unos campesinos terrestres.
¿Por qué no puedo dejar de recordar este relato, supuestamente escrito por una mujer, cuando vuelvo a ver la película de animación Princess, del director danés Anders Morgenthaler?
Se trata de la odisea de Mia, una niña adulta de cinco años que parece prisionera de un campo magnético de corrupción, del que trata de liberarla –para liberarse- su tío August, un clérigo misionero obsesionado por el destino de su hermana Christina, actriz porno asesinada en confusas circunstancias.
Como en Dei bambini non si sa niente, novela de Simona Vinci publicada en 1997 que aún hoy sigue provocando, es el comportamiento socialmente desajustado de los niños el que nos conmueve. Mientras que el universo de Taketori Monogatari (perteneciente a ese libro mágico conocido como Kojiki o inventario de cosas antiguas) todo obedece a un plan celestial y justo, en el universo de la pequeña Mia todas las reglas parecen haber sido dictadas por un dios maligno que se complace en el sufrimiento y desconcierto de sus criaturas-víctimas. Aún así, el caos –para nada paradojalmente- no deja de ser previsible."

Sigue en la revista.