miércoles 24 de febrero de 2010

Serial Killer Conceptual


Azarosamente me encuentro con una revista (en formato PDF) de difusión de las actividades culturales de Reims. Como muchos saben, la ciudad es (entre tantas otras cosas) la cuna de Baudrillard y el paisaje en el cual Jarry descubrió la ‘Patafísica.
La leo distraídamente, hasta que me dejo asaltar con un párrafo que publicita las Jornadas Baudrillard. Leo:


"Estas manifestaciones saludarán al "filósofo destroy", "prophet of junk" y "serial killer conceptual", que analizó radicalmente nuestra sociedad de consumo.
Celebrarán al escritor ubuesco -próximo de Jarry-, al fotógrafo "objetor de visión", el letrista pop de la cantante japonesa Megumi Satsu, al ácido cronista del periódico Libération.
Presentarán al inspirador del cine de los hermanos Wachowski (Matrix), de los pintores simulacionistas de Nueva York (Jeff Koons, Peter Halley, o Meyer Vaisman), de coreógrafos, de creadores de moda y de músicos en cualquier parte del mundo.
De la novela cyberpunk a la música electrónica, pasando por la crítica social, la pintura o el cine, no existe un dominio de la cultura que no haya sido poderosamente irrigado por las fulgurantes intuiciones de Baudrillard."

Filósofo Destroy, Profeta Junk, Serial Killer Conceptual, Objetor de Visión.
¿Cómo podría no caerme simpático alguien que inspiró semejantes descripciones?

lunes 22 de febrero de 2010

Macanudoscopía

El próximo jueves 25 es la cita.
Inaugura Liniers en el Centro Cultural Recoleta a las 19 hs.

Imperdible.

viernes 19 de febrero de 2010

Mondo Spook


LO VIRTUAL. País de espías (Spook Country). La nueva novela de William Gibson, una trama techno sobre la paranoia de la localización global, con un contenedor ilocalizable y su valioso contenido como obsesivo objeto de búsqueda. Alrededor de este nódulo contemporáneo se reconstruye un mundo difuso, situado entre lo real y lo virtual, lo material y lo tecnológico, siguiendo la premisa de que el ciberespacio (“See-bare-espace”) ha comenzado a exteriorizarse, permitiendo una contemplación desnuda del espacio real. Un mundo alucinante poblado por artistas como Alberto Corrales, creador de un localizador virtual de celebridades muertas. Un casco galáctico y un dispositivo GPS bastan al usuario para ver el cadáver de River Phoenix caído en la acera del Viper Room. Un aparatoso monumento a Helmut Newton al pie de la autopista donde se produjo su accidente mortal. Scott Fitzgerald padeciendo un ataque cardíaco en un antiguo café suplantado por una megatienda Virgin como alegoría cultural de nuestro tiempo. Crípticas señales funerarias por los miles de muertos de Irak. Cruentos hologramas que ocupan un repliegue del espacio visible. El espacio local recupera así el poder de resucitar el tiempo muerto de la historia como inserto visual en el presente. Tiempo muerto o tiempo de los muertos, país espectral, presencia siniestra y fantasmal aguardando aparecer de ese modo tenue que propicia la mediación de la tecnología. El lugar ya no es sólo un lugar en esta configuración contemporánea. Es el enclave de una intersección visionaria. El umbral del acontecimiento espectacular que conecta cualquier punto aislado con la totalidad de la que forma parte. Arte (multi)locativo. Todo espacio local se ha vuelto ubicuo y deslocalizado en potencia. Toda estética es, de por sí, geopolítica. Esto sólo quiere decir una cosa. Una cosa importante. El presente es el futuro.

Por Juan Francisco Ferré. Leído hace varios días acá.
También acá.

martes 16 de febrero de 2010

Hipótesis Avatar


Una vez más: un avatar es una estrategia de exploración de un contexto, realizado con los mismos materiales de ese otro contexto. Mientras que las naves de exploración, en principio, son una extensión de la materia del exógeno, el avatar es un pliegue de la materia a explorar en manos de alguien exógeno. Pero no deberíamos olvidar nunca que, en todos los casos, el avatar -ese pliegue de materia ajena en nuestras manos, conectado directamente a nuestros sentidos- siempre afecta nuestros modos unplugged.


¿Escucharon hablar o leyeron sobre Life 2.0, de Jason Spingarn-Koff, el film sobre Second Life seleccionado para la próxima muestra del Sudance? ¿Cómo afecta Second Life nuestras vidas desenchufadas?
No se pierdan ni el site ni el trailer.

sábado 13 de febrero de 2010

Dispersiones estéticas & Simon Reynolds

¿Qué pasó con el mainstream del rock y del pop en la década pasada? ¿Dónde estamos parados? Leo este texto de Simon Reynolds en el blog de Estéticas de la dispersión, proyecto de Franco Ingrassia. Análisis, blog y proyecto más que recomendados.


Estaba mirando la lista de los 200 mejores discos de la década de Pitchork. Y noté algo extraño sobre el top 10. Es obvio que hay un límite en lo que se puede leer en una encuesta de críticos. Pero Pitchfork es una de las pocas instituciones que puede decirse que resulta influyente, en términos del material que cubre y de los juicios que formula. Pitchfork a la vez lidera y refleja a un público que es sustancial y sin embargo relativamente definido. Podríamos llamarlo “post-indie”, lo que significa que Pitchfork es lo más cercano, en la era moderna, al NME de los años posteriores al punk (cuando su perspectiva era distintivamente rockera pero con una apertura a música situada por fuera de este esquema, desde el reggae al disco, pasando por el funk, África y el jazz). Los participantes en la encuesta –el staff de Pitchfork- son personas que pasan muchísimo tiempo escuchando de forma intensa un rango realmente amplio de música. Así que parece improbable que su evaluación colectiva de lo que resultó importante en la última década esté privada de significancia. Y, en todo caso, en función de abrir el debate, voy a avanzar tomando como presupuesto que los resultados de esta encuesta significan algo.


Entonces, ¿qué era lo intrigantemente extraño de su top 10 de la década? Lo que inmediatamente me impactó fue que siete de los discos eran del 2000 y el 2001, con un disco del 2002 y otro del 2004. El único disco editado en la segunda mitad de la década era Person Pitch de Panda Bear. ¿Qué significado podría derivarse de esta densa agrupación (ocho de diez) de los “más grandes discos” en los primeros tres años de la década? Dos interpretaciones son posibles: O la música se deterioró a medida que los 00s avanzaron o se volvió cada vez más y más difícil para la gente establecer un consenso sobre qué grupos o discos eran importantes. La primera posibilidad parece improbable, así que voy a tener que elegir la segunda. Lo cual resuena con el modo en el que la década se sintió: diaspórica, con escenas astillándose en sub-escenas, con la formación de bunkers según los distintos gustos, con el aumento de la probabilidad de que la pregunta “Escuchaste a X?” se encontrara con un gesto de negación con la cabeza o con una mirada de incomprensión.


Me pregunto si mi propio ranking de discos tendría una forma similar al de Pitchfork –es decir, una lista masivamente sesgada hacia los primeros años. Casualmente, ya había participado en una encuesta de críticos similar organizada por Stylus, un webzine que constituyó el “amistoso rival” de Pitchfork hasta que fue cerrado unos años atrás. Sus autores se han reconvocado para una edición especial de balance de la década (los resultados, más un conjunto de ensayos estarán disponibles en algunas semanas). Revisando mis propias elecciones, me sorprendí al ver que el top 10 (e inclusive los 50 discos que elegí en total) estaban equilibradamente divididos entre la primera y la segunda mitad de la década. Ninguna declinación de la calidad según mi propia opinión entonces. Pero al inspeccionar la lista con mayor detenimiento descubrí que mis elecciones provenientes de los primeros años de los 00s eran notablemente más consensuales, incluso “de cultura media”: Kid A de Radiohead, The Blueprint de Jay-Z, Discovery de Daft Punk, Since I Left You de The Avanalches (los cuatro aparecen también en el top 10 de Pitchfork), Original Pirate Material de The Streets, The College Dropout de Kanye West, Boy in Da Corner de Dizzee Rascal. Mientras que mis discos preferidos de la segunda mitad de la década eran llamativamente más idiosincráticos: discos del catálogo del sello Ghost Box, Black Moth Super Rainbow, Dolphins Into the Future, Mordant Music, High Places… grupos que ciertamente tienen fans, pero que están muy lejos de ser centrales. Esto me llevó a preguntarme si el mismo síndrome estaba afectando al resto del mundo. ¿Estamos todos distanciándonos de todos los demás?


La fragmentación del rock/pop ha estado operando desde que tengo memoria, pero esta década parece haber cruzado un umbral. Hubo tanta música en la cual interesarse e investigar. Ningún género desapareció, todos siguieron adelante, lanzando productos, hacienda proliferar a los retoños sonoros. Tampoco se retiraron los músicos a medida que fueron envejeciendo; los que no murieron siguieron sacando cosas, empujándose junto con artistas más jóvenes que confiaban en avanzar hacia la luz. Es tentador comparar la música de los 00s con un jardín ahogado por la maleza. Excepto que se un lecho de flores ahogado por demasiadas flores sería una imagen más exacta, porque mucha de la producción fue buena. El problema no es sólo la cantidad sino la calidad multiplicada por la cantidad. También estaba el pasado, disponible como nunca antes, compitiendo por nuestra atención y afección. El descenso de los precios de los estudios caseros y las tecnologías de grabación digital, combinado con la riqueza histórica que los músicos pueden absorber y recombinar intensificó la calidad de la producción musical. Pero el resultado de toda esta sobreproducción fue que “nosotros” fuimos diseminados a lo largo de un vasto terreno sonoro. Es por ello que hay tan pocas coincidencias entre las distintas encuestas de fin de año o de fin de la década publicadas en las revistas musicales. Si incluso una comunidad relativamente no-difusa como Pitchfork sólo pudo encontrar su centro alrededor de discos que salieron en los primeros años de los 00s, esto sugiere que el deslizamiento de la cultura entera hacia la entropía se está acelerando.


Esta idea es planteada en uno de los comentarios del top 10 de Pitchofork, en torno a Funeral, el disco de Arcade Fire del 2004 que figura Nro. 2 en su lista. Escribe Ian Cohen: “Ya sea por los cada vez más fraccionales hábitos de escucha o por la creciente habilidad para hacerse escuchar de los disidentes, Funeral sigue sintiéndose como el último ejemplar de su tipo, un disco indie que, sonando capaz de conquistar el universo era exactamente eso lo que conseguía”. Señalando el principal déficit de la blogósfera (el hecho de que acordar con la opinión de los otros no genere ningún tipo de valor narcisista) Cohen agrega que “la hipérbole de consenso con la que se encontró Funeral tuvo como consecuencia que cualquier otro disco que amenazaba con alcanzar ese nivel fuese escrutado de modo severo o incluso directamente condenado al escarnio.” Y concluye, melancólicamente, que “aun así, nos preguntamos si alguna vez volverá a suceder algo como Funeral –algo que me diga que a medida que la música se vuelva más y más disponible en la próxima década, todavía podremos atravesar todo ello con la esperanza de poder encontrar algo con la fuerza unificante y con la increíble carga explosiva emocional que sólo discos como Funeral pueden generar”. Lo que Cohen está diciendo aquí sugiere que mis dos interpretaciones de la perspectiva de Pitchfork pueden tener mayor relación de la que había pensado: quizá haya una conexión íntima entre valor musical y consenso.


Es que tengo una corazonada. Yo creo que si uno tuviese que armar una selección de los mejores 2000 discos de cada década del pop y compararlos, entonces los 00s ganarían: vencerían claramente a los 90s, bastante bien a los 80s y vapulearían a los 70s y los 80s. Pero también estoy convencido de que si uno tuviese que comparar los mejores 200 discos el resultado sería el inverso: los 60s le ganarían ajustadamente a los 70s, los 70s obtendrían una victoria apenas mayor sobre los 80s, que claramente vencerían a los 90s y que los 90s le harían morder el polvo a los 00s. Es sólo una corazonada –pero tiene resonancias de verdad. Porque creo que los puestos más altos de este tipo de listas exigen algo más que mera excelencia musical: también tiene que estar presente un “factor X”, esa calidad difícil de definir que suele llamarse “importancia” o “grandeza”.

La importancia rara vez es un aspecto puramente intrínseco de la música misma o del genio de su creador. Un componente crucial de lo “importante” es el impacto y la recepción: lo que la audiencia le aporta a la música. La “fuerza unificante” de Cohen no es por entero inherente al disco; debe, hasta cierto punto, pre-existirlo, buscarlo, verse reflejada en él. En cualquier caso, la significación es siempre un proceso biunívoco. Parte de las razones por las cuales los Beatles alcanzaron la grandeza de forma repetida es porque sabían que el mundo estaba esperando; esto los hizo estar a la altura de la ocasión. Existe un ejemplo relativamente reciente de este síndrome: la edición, a fines del año pasado, de Chinese Democracy de Guns N’Roses y 808s & Heartbreak de Kanye West (escribí sobre ambos aquí). El primero era un fallido intento de resultar importante, el grotesco y desagradable espectáculo de alguien tratando de superar las expectativas; el segundo era un convincente ego-drama acerca de una herida narcisista representado en el mayor escenario posible.


El resultado de la sobrecarga de “cantidad x calidad” es que aquellos optimistas implacables que anualmente corean que el año ha sido fantástico y que “cada año se produce más buena música que el año anterior” están en lo cierto. Pero los previsibles gruñones que se quejan de las deficiencias de la cosecha anual también lo están. Más y más música entre buena y excelente se produce cada año pero ese mismo hecho frustra la emergencia de la música realmente grandiosa, sofocándola. Cuando mayor es la diseminación, más nos diseminamos “nosotros”. Y es incluso peor: a medida que los artistas internalizan la reducción de expectativas, el ciclo menguante sigue descendiendo en forma de espiral.

jueves 11 de febrero de 2010

Soportes

por Umberto Eco


En la jornada conclusiva de la Escuela para Libreros dedicada a Umberto y Elisabetta Mauri, en Venecia, hablamos, entre otras cosas, de la caducidad de los soportes de la información. Han sido soportes de información escrita la estela egipcia, la tablilla de arcilla, el papiro, el pergamino y, obviamente, el libro impreso. Este último, hasta ahora, ha demostrado que sobrevive bien durante quinientos años, pero sólo si se trata de libros hechos con papel de trapo. A partir de mediados del siglo XIX se pasó al papel de madera, y parece ser que éste tiene una vida máxima de setenta años (y en efecto, basta consultar periódicos o libros de los años cuarenta para ver cómo muchos de ellos se deshacen en cuanto se los hojea). Por lo tanto, desde hace tiempo se celebran congresos y se estudian medios distintos para salvar todos los libros que abarrotan nuestras bibliotecas: uno de los que gozan de mayor éxito (pero casi imposible de realizar para todo libro existente) es escanear todas las páginas y copiarlas en un soporte electrónico.
Pero aquí se nos presenta otro problema: todos los soportes para la transmisión y conservación de la información, desde la foto a la película cinematográfica, desde el disco a la memoria USB que usamos en nuestro ordenador, son más caducos que el libro. Lo tenemos muy claro con algunos de ellos: en los viejos casetes, al cabo de poco tiempo la cinta se hacía un lío, intentábamos desenmarañarla introduciendo el lápiz en el agujero, a menudo con resultados nulos; las cintas de vídeo pierden los colores y la definición con facilidad, y si las usamos para estudiarlas, rebobinándolas y adelantándolas a menudo, se estropean aún antes.


Ahora bien, hemos tenido tiempo para darnos cuenta de cuánto podía durar un disco de vinilo sin rayarse demasiado, pero no hemos tenido tiempo de verificar cuánto dura un cd-rom puesto que, de ser la invención que había de sustituir al libro, ha salido rápidamente del mercado porque se podía acceder on-line a los mismos contenidos y a un precio más conveniente. No sabemos cuánto durará una película en DVD, sabemos sólo que a veces empieza a darnos problemas cuando la vemos mucho. E igualmente, no hemos tenido tiempo material de experimentar lo que podían durar los discos flexibles (los floppy disk) para el ordenador: antes de poderlo descubrir fueron sustituidos por los disquetes, y éstos por los discos reescribibles, y estos por los pen drives. Con la desaparición de los diferentes soportes han desaparecido también los ordenadores capaces de leerlos (creo que ya nadie tiene en casa un ordenador con la ranura para el floppy) y si uno no se ha copiado en el soporte sucesivo todo lo que tenía en el precedente (y así en adelante, presumiblemente durante toda la vida, cada dos o tres años), lo ha perdido irremediablemente (a menos que no conserve en el trastero una docena de ordenadores obsoletos, uno por cada soporte desaparecido).
Así pues, sabemos que todos los soportes mecánicos, eléctricos y electrónicos son rápidamente perecederos, o no sabemos cuánto duran y probablemente no llegaremos a saberlo nunca. En fin, que basta una subida de tensión, un rayo en el jardín o cualquier otro acontecimiento mucho más banal para desmagnetizar una memoria. Si hubiera un apagón bastante largo no podríamos usar ya ninguna memoria electrónica. Aun habiendo grabado en mi memoria electrónica todo el "Quijote," no podría leerlo a la luz de una vela, en una hamaca, en un barco, en la bañera, en el columpio, mientras que un libro me permite hacerlo en las condiciones más arduas. Y si se me caen el ordenador o el e-book desde el quinto piso, estaré matemáticamente seguro de que lo he perdido todo, mientras que, si se me cae un libro, como mucho se desencuaderna completamente.


Los soportes modernos parecen apuntar más a la difusión de la información que a su conservación. El libro, en cambio, ha sido el instrumento príncipe de la difusión (pensemos en el papel que desempeñó la Biblia impresa en la reforma protestante), pero al mismo tiempo también de la conservación.
Es posible que dentro de algunos siglos, la única forma de tener noticias sobre el pasado, al haberse desmagnetizado todos los soportes electrónicos, siga siendo un hermoso incunable. Y, entre los libros modernos, sobrevivirán los muchos hechos con papel de gran calidad, o los que ahora proponen muchos editores hechos con papel libre de ácidos.
No soy un reaccionario nostálgico del pasado. En un disco duro portátil de 250 gigas he grabado las mayores obras maestras de la literatura universal y de la historia de la filosofía: es mucho más cómodo recuperar del disco duro en pocos segundos una cita de Dante o de la Summa Theologica que levantarse e ir a buscar un volumen pesado en librerías demasiado altas. Pero estoy contento de que esos libros sigan en mis librerías, garantía de la memoria para cuando se les crucen los cables a los instrumentos electrónicos.

Leído acá

lunes 8 de febrero de 2010

Stranglers & Arteca



Cada cual tiene sus blogs (los que no podemos dejar de leer). Fundamental en mis lecturas es el Arteca Sketchbook, de un poeta que leo y sigo hace años, el siempre estimulante Mario Arteca (recomendadísimo).
En su bitácora pueden encontrar pequeñas joyas como ésta.


"Algo está pasando y está sucediendo ahora mismo / Eres demasiado ciego para verlo", dice este tema superclásico de The Stranglers. Pero si es demasiado ciego, la ceguera resulta real, absoluta, prácticamente fuera de cualquier tropo o posible metáfora (aquella que dice que "no hace falta ver para abrir los ojos": una estupidez insostenible). Cuántas veces al día escuchamos de frases semejantes (no la de The Stranglers, sino la dicha unos sintagmas después), qué océano de deshechos crece alrededor de estos giros de hipocresía, de talento ralentizado, de sentido común propuesto como categoría filosófica. Ya hablamos del sentido común. No hace falta referirnos a él. Y al recordar esa frase en el video (véanlo completo, ya lo leerán), no se puede dejar de pensar en cuánta producción destilada funciona en esa máxima feminista, creada por la periodista y educadora Irina Dunn, en 1970. En esa fuera de coincidencia ("una mujer sin un hombre...", que replico en el título de a entrada) se percibe la fuerza de la tristeza, del vacío más elemental y menos contemplativo, como una búqueda cerrada antes de comenzar la exploración del tema. Dar por concluido. Más allá de esto, en el verso de la canción de The Stranglers, hay un punto esencial que merecería la pena descifrarlo. Algono sólo ocurre, sino que hay una precisión temporal muy marcada: ahora mismo. El verso traspasa la temporalidad del gerundio, lo ahorra con el objetivo de disolver su efecto nocivo, su capacidad de violar la gramática y volver sólo un punto débil en una frase berreta. Pero ese ahora mismo, ese super-presente congelado por el diminutivo del tiempo, trabaja como un hierro incandescente sobre los ojos de aquellos que ven pasar, pero no pueden tomar para sí la realidad. Por eso son doblemente ciegos, y es aquel demasiado, escrito como un antes y un después, jamás durante. Antes era ciego; ahora que la realidad está encima, todo es aún menos visible. Algo está ocurriendo. La venda que nos cubre tiene el color de sus ojos."

Otra joya que leí hoy en La Nación: la versión de Oliverio realizada por Delius.

viernes 5 de febrero de 2010

Shaking Dog



¿Escuchaste a Las Kellies?
Si querías clasicismo punk, acá lo tenés.


Visitá su MySpace.

miércoles 3 de febrero de 2010

Asficción

Abril de 1997. Silvio Mattoni me invita a colaborar con el primer número de la revista El Banquete, editada por Alción. Hay poco tiempo, pero tengo sobre mi mesa de trabajo muchos libros sobre los que quiero escribir. Dos días después le envío este texto. Silvio me contesta, me comenta cuándo está prevista la fecha de edición. En el medio, sus compañeros de staff deciden que el texto no vaya, que no coincide con la onda de la revista. Me olvido de lo que escribí, durante años. Ayer, revisando viejos diskettes, linkeo con aquello.


La magia del error: El escritor Héctor Libertella (Bahía Blanca, 1945) teclea, absorbido por el trance, un breve ensayo cuando, sorprendido, observa que tipeó: "asficción". Se alegra. Descubre que sus dedos ¿casualmente? dieron con la morfología incorrecta y a la vez perfectamente exacta. No sabe si agradecer el lapsus a su vieja Olivetti o al vértigo de la frase -que quizá no sea más que una sola cosa-. El texto se publica con el hallazgo. Felicidades de época: en los ´70, los tipógrafos estaban acostumbrados a osadías incluso mayores. Adicto a los desvíos y a cuanta patología literaria se le cruce (que yo sepa, él es el creador del término "patógrafo", al cual se ajusta mejor que nadie) Libertella, sospechamos que no por azar, termina topándose siempre con la palabra exacta.


Entreacto: El narrador César Aira (Pringles, 1949) pide a su hijo Tomás que navegue en Internet desde un cyberbar para ver que encuentra sobre Marcel Duchamp. Le escribe el nombre en un papelito. Su primogénito regresa con unos pocos párrafos sobre el creador del "Ready-made". Pero varios diskettes sobre estética Manga (comic japonés) y especialmente, la saga Robotech. El novelista se desanima. Yo (Lomas de Zamora, 1967) me alegro enormemente: acabo de leer una novela de Stephen Koch cuyo protagonista es un fan maniático del artista galo. En Japón se gasta más papel en historietas que en idem higiénico. Y, estoy persuadido, que los nietos de Astroboy son mucho más interesantes que las especulaciones del dadaísta. Al menos hoy, abril de 1997. (Recomiendo leer los artículos de Guillermo Quartucci en los números 3 y 4 de la revista Tokonoma).


Lecturas y disgresiones I: En la pasada quincena, leí tres novelas maravillosas de jóvenes autores europeos. "Whore Banquets", (traducida por Marcelo Cohen, y publicada originalmente en Víctor Gollancz, Londres, 1987) de Matthew Kneale (Londres también, 1960) describe la complicada y no muy agradable historia de Daniel Thayne, inglés de 27 años que progresivamente descubre que Japón es una trampa. Tokio, la ciudad que al principio lo libera de los lazos de su familia, sus novias, su tradición literaria, se transforma en un monstruo que lo devora. (Típico de los narradores ingleses: chequear: "The confort of Strangers", de Mc Ewan. Los extranjeros, para los súbditos de su Majestad, devienen, inavariablemente, poco simpáticos Aliens). El director Peter Bogdanovich comentó una vez que el mismísimo Hitchcock le aconsejó a Truffaut: "Nunca dejes de pensar en el Japón; cuidado con esa isla". El relato de Kneale trastoca sorpresa en pura asficción. Y la encarnación del peligro no será sino su amante, una muchacha de Tokio, separada, fanática del Ratón Mickey. Imperdible. No puedo pasar por alto que Kneale, como su creación, Thayne, vivió en ese mismo sitio en esa misma época. No existe asficción (ficción asfixiante, o asfixia por la ficción) que no coquetee con el engaño de la autobiografía.

Idea desmesurada: Que Libertella no definió un tópico, una presunción, sino un género. O algo que se le parece. Vamos a la segunda de las novelas de esta pasada quincena.


Lecturas y disgresiones II: "Diario di un millennio che fugge", de Marco Lodoli (Roma, 1956; quien en la foto que observo parece una especie de Daniel Guebel, nacido no tan paradójicamente ese mismo año, pero en Buenos Aires). Edizioni Theoria, Roma, 1986. Más asficción, claro: y más ficción autobiográfica. El narrador reconstruye memoriosamente su presente y pasado en un diario que traiciona cualquier cronología. Intenta, esforzado, la construcción de un tiempo personal que arrime algunas respuestas. Obvio, estas aparecen simplemente para fugarse. El libro no es otra cosa que un lento rompecabezas que tampoco es plenamente nítido al final de su escritura. Emerge, entonces, esa molestia que se percibe en la respiración pero resuena en la letra. Los autores del Viejo Continente acatan, sin saberlo, la preceptiva nacida en un ensayo, una mañana, desde un (convengamos al menos momentáneamente) lapsus.

Duda: ¿No parecen certificar, los intentos narrativos de este fin de milenio, que el gusto estético del joven Tomás Aira es más agudo que el de su padre? La estética Manga, su desmesurado heroísmo, sin duda obliteran esa fatal reverencia a la épica de la incredulidad, cuyo paradigma pintó bigotes en una reproducción de la Gioconda. Japón es una trampa fantástica. Y Alemania también, como veremos en mi tercera lectura de quincena. Por su parte, el creador pringlense llegó a Asia por primera vez en forma explícita por su "Novela China". Pero las reglas de la cortesía japonesas ya emergían de los modales aborígenes en "Ema la cautiva".
Personalmente, me encantaría volver a encontrarlo por ahí.


Lecturas y disgresiones III: El tercer libro se titula "Nox" y es obra de Thomas Hettche (Giessen, Alemania, 1964). Se publicó por Shrkamp Verlag Frankfurt am Main, en 1995. El narrador es un escritor que asiste a un Congreso de idems en Berlín. Conoce a una mujer que, ya en las primeras páginas le corta el cuello, matándolo. Sin embargo, su voz sigue funcionando para relatar, literalmente, la descomposición de su cuerpo, simétrica a los hechos inmediatos (simultáneamente, mientras se desangra, muere y comienza la putrefacción, se derrumba el Muro y la Historia ya no es la misma). Hettche podría ser tachado de un Hoffman posmoderno y quizá lo sea. Los trayectos de su prosa no escatiman la bestialidad de un autor como Dennis Cooper (tan contemporáneo suyo como estadounidense), pero en estas páginas su escritura llega al tope de la asficción, travestida para la ocasión de sadomasoquismo, salvajismo hard-core y terror dark. Ni el mismísimo Benjamin se hubiera atrevido a sumarlo a su enumeración radiofónica del "Berlín Demónico".


No solo se trata de muchachos: En Francia, los paradigmas de la asficción son señoritas muy jóvenes. Béatrice Leca, (París, 1969) se inscribe en la línea en cuestión con su "Technique du marbre" (Seuil,1996). Y Marie Darrieussecq (París, más o menos la misma edad, supongo) lo hace con "Truismes" (POL, 1996). Por razones de espacio, prometo volver sobre ellas en otro artículo.

Filiación de epílogo: En nuestro país, quizá el único autor que podría atravesar la zona asficciante, en la narrativa del último lustro, sea Gustavo Ferreyra (Buenos Aires, 1963). Con solo un volumen édito de su tríptico (El Amparo -Sudamericana, 1994 - ; se completa con El Desamparo y El Perdón, aún en busca de editor) Ferreyra roza este espacio en una atmósfera muchas veces cercana a la del suizo Robert Walser.
¿Qué características visitará la asficción y en que otras latitudes, si es que lo hace? ¿De cuántas otras formas cristalizará?
Lo maravilloso de la literatura es que las predicciones van más allá del puro cuento. Se convierten, invariablemente, en pura letra.

lunes 1 de febrero de 2010

Charlotte Beck


Supe, hace tiempo, que Charlotte Gainsbourg y Beck estaban grabando lo que luego sería IRM por una sugerencia maravillosa de Google: estaba yo entonces buscando información sobre Jocko Beck, nacida Charlotte Beck, reconocida maestra de Zen. Así procede hoy nuestro conocimiento.

Por supuesto, con el tiempo quedaría fascinado con el video Heaven Can't Wait. ¿Qué fue lo que me flasheó? Que era puro Frank Vega. Lo que este genio viene haciendo hace mucho (al menos desde que lo conocí, exactamente una década atrás), explorando las infinitas mutaciones de un universo inestable, donde lo cotidiano revela otras facetas, volvía a aparecer en estas imagenes.



Seguiré ampliando.