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jueves, 28 de abril de 2011

¿Vos también fuiste postpunk?

¿Efecto de la lectura de Gente que No? En parte, seguramente. "El rock está muerto, pero es nuestra cultura" dijo alguna vez Richey James Edwards. Lo cierto es que bandas como Los Corrosivos, Antihéroes, Barrio Turco, Copiloto Pilato, El Lado Salvaje, Sentimiento incontrolable, 1 x 1, Mimilocos, La forma, Don Cornelio y la Zona, Valió la pena, Harry, Los Macarras, Los Pillos, Puñalada correntina, Chiquero, Cadáveres de niños, Alerta roja, Salto al vacío, Los Penes, Los Apáticos y otras tantas son parte de nuestra biografía. Lo digo sin nostalgia: hubo algo muy potente en todo aquello. Algo que nos influyó mucho, sin ninguna duda. Hace tiempo que venimos hablando con Rosana Schoijett -con quien somos amigos desde esa época- de volver a concentrarnos en la figura y el talento de la desaparecida Mónica Vidal, clave en la escena de los últimos cinco años de los ochenta.

Rosana me invitó a charlar a Confesionario y amigos, este viernes 29 de abril de 22 a 24 hs.
La cita es en FM UBA 87.9.
www.rojas.uba.ar/contenidos/radio/index.php
www.uba.ar/radiouba
www.facebook.comradiouba

Va a estar bueno.

martes, 5 de octubre de 2010

Liniers, Tamara Kamenszain, Marina Mariasch, Adrián Dargelos, Beatriz Sarlo, David Nahón, Daniel Saimolovich, Noé Jitrik y yo

Blogósfera TV: 30 de junio.
Con Marina Mariasch y David Nahón
Click acá.

Con Liniers en el Malba. 23 de agosto.
En el ciclo El libro del mes (Malba Literatura).
Click acá.


Con Beatriz Sarlo, Noé Jitrik y Daniel Saimolovich. 15 de setiembre.
En el ciclo Revistas Culturales, pasado y presente (CCEBA)
Click acá.


Con Adrián Dárgelos. 20 de setiembre.
En el ciclo El libro del mes (Malba Literatura).
Click acá.


Con Tamara Kamenszain. 12 de julio.
En el ciclo El libro del mes (Malba Literatura).
Click acá.

miércoles, 29 de septiembre de 2010

Prêt-à-Rocker

Sobre Prêt-à-rocker, de Victoria Lescano

Las tribus urbanas son otro de los productos culturales derivados de el fashion del rock. Recuerdo haber leído en los ’80 que el público tendía a agruparse no tanto por la estética musical como por la visual, siempre centrada en el vestuario. Existieron entonces ocasiones en las cuales una canción podía ser una avanzada de cualquier género, hasta el momento en el cual la imagen de los músicos lograba imponerse. Y es que en el rock el look dice tanto y resulta tan estratégico como los sonidos. También, por supuesto, en otros géneros: las elecciones de vestuario resultan todo un manifiesto.

La pinta nunca es lo de menos. Los fans pueden desconocer hasta el más simple de los acordes, pero sin dudas saben en qué negocio podrán conseguir un clon de la remera de sus ídolos. A propósito, ¿existe un fashion local? Y de ser así, ¿cuál es su historia? Es en estas coordenadas en las cuales Prêt-à-Rocker, de Victoria Lescano, se impone como un fabuloso relato de investigación periodística.

jueves, 23 de septiembre de 2010

Adrián Dárgelos relee Alasdair Gray en el Malba











La cita fue el pasado lunes. En el Malba.
Adrián Dárgelos eligió la recomendadísima (e inconseguible) novela Lanark de Alasdair Gray como libro para conversar. Fue un lujo.
Por supuesto, los temas se extendieron tanto mas allá.
Con esta fecha cerramos (al menos por este año) el ciclo El Libro del Mes, con producción de Malba-Literatura y por el que pasaron, además de Dárgelos, Fabián Casas, Tamara Kamenszain y Liniers.

sábado, 18 de septiembre de 2010

Dárgelos relee Lanark de Alasdair Gray


Ciclo. El libro del mes. Lanark de Alasdair Gray, por Adrián Dárgelos.
Lunes 20 de septiembre a las 19:00. Auditorio del Malba. Entrada libre y gratuita. Hasta completar la capacidad de la sala.

El libro del mes es una actividad en la que narradores, poetas y artistas de diversas disciplinas son invitados a recomendar un libro al público y hablar sobre la experiencia mínima y máxima de su lectura junto a Rafael Cippolini.

Adrián Dárgelos (músico) relee Lanark de Alasdair Gray.

Adrián Dárgelos es músico, actor y desde 1991 forma parte de Babasónicos. Dirigió algunos de sus videos bajo el seudónimo de Benito Scorza.

Avenida Figueroa Alcorta 3415 C1425CLA
Buenos Aires, Argentina
+54 (11) 4808-6500

sábado, 10 de abril de 2010

Tramas beatle de la cultura

En el verano boreal de 1986, en el número 17 de su revista Weirdo, Robert Crumb publicó otra de sus versiones historietísticas de los mitos más corrosivos del siglo XX; esta vez fue el turno de La experiencia religiosa de Philip K. Dick, narración que da cuenta del profético instante en el que el autor de Confesiones de un artista de mierda conectó por primera vez con lo que luego bautizaría VALIS (sigla de Vast Active Intelligence System o Sistema de Vasta Inteligencia Viva), visión apocalíptica en la que la esquizofrenia y la revelación se fundían insolublemente.


Esto sucedía en Fullerton, California, en marzo de 1974. Muy poco después de esa alucinación demasiado vívida de un paseo por las catacumbas de la Roma Imperial, Dick descifró un urgentísimo mensaje transmitido mientras escuchaba Strawberry Fields Forever: la voz de Lennon le advertía que la vida de su hijo (entonces un bebé) corría peligro. Es más, le proporcionaba un diagnóstico preciso: “la tara de nacimiento de tu hijo está en peligro. Tiene una hernia inguinal que ha reventado y penetra el la bolsa escrotal”. A riesgo de pasar por lunáticos, Dick y su mujer llevaron a su hijo al hospital y, como el lector ya lo adivina, pudieron intervenirlo a tiempo. Emmanuel Carrière también describe minuciosamente el episodio en su biografía del escritor.

Si Los Beatles fueron indudablemente el soundtrack de una época y de varias generaciones, lo cierto es que su frondoso imaginario poblado de tantas fabulosas figuras hace un buen tiempo que modela el casting de nuestro inconsciente colectivo. Capas y capas de escenas en las que entran en contacto muchísimos artistas, científicos, filósofos, dementes y criminales. Casi cinco años antes del “episodio VALIS” y no tan lejos de allí, el imaginario beatle ya había producido estragos en el ritual de muerte de Sharon Tate.


Los detalles de la historia del asesinato de la mujer de Roman Polanski y sus invitados resultan tristemente célebres: los fanáticos seguidores de Charles Mason grafitearon con sangre las paredes de la mansión haciendo alusión a canciones del cuarteto inglés. No mucho antes, Mason había reinterpretado la letra de Helter Skelter (tema de Paul McCartney del Álbum Blanco, de 1968) como un mensaje profético: el inminente inicio de una salvaje guerra civil de los negros contra los blancos.

Una década y media más tarde, los miembros de Sonic Youth (que alguna vez se definieron como “Los Beatles de una dimensión paralela”) dedujeron de este hecho el nacimiento de toda una cultura de la que el mismo nombre de un artista como Marylin Mason da cuenta.
Hace años Luis Chitarroni me dijo que estaba convencido que desde mediados del siglo pasado no existía mayor mitología que la generada por las culturas rock y pop, en las que toda la literatura beatle (los personajes, escenarios y situaciones que pueblan sus obras) se erige como el mayor punto de cruce del que tengamos noticia. En todo momento, infinitas tramas culturales de los últimos cincuenta años atraviesan ese núcleo que no hace más que crecer. Si un teórico como Marshall Berman aseveró que el “fenómeno beatle” sería hoy imposible debido a la expansión estilística y de audiencias que comenzaron a multiplicarse desde la separación del cuarteto, cuando nos encontramos con un disco como el recientemente editado Who Killed Sgt. Pepper? de Brian Jonestown Massacre, entendemos hasta que punto no se trata sólo de melodías y otros sonidos.


Si existe un inconsciente rock/pop es porque indudablemente existe un inconsciente beatle. Ese inconsciente traspasa tanto a personajes de ficción como Sam Dawson, el retrasado mental interpretado por Sean Penn en la película I Am Sam, que moldea su vida de acuerdo a un horizonte beatle, tanto como a un homínido de la especie australopithecus afarensis de 3,2 millones de años de edad, cuyos restos fueron descubiertos en Etiopía ocho meses después del episodio de Dick, y bautizados por el paleoantropólogo Donald Johanson con el nombre de Lucy, en honor a la protagonista de la famosa canción de John Lennon Lucy in the Sky with Diamonds

Si escenas como las narradas en She’s Leaving Home (Ella se fue de casa) reaparecen remozadas en el rock argentino en temas como Laura va (1969) de Almendra y 4 AM (1999) de Babasónicos, la presencia psicodélica de una calle de Liverpool como Penny Lane resurge como apodo de una seductora groupie encarnada por Kate Hudson en Almost Famous (Casi famosos), película de inspiración autobiográfica del ex periodista de la revista Rolling Stone Cameron Crowe. Hasta Peter Jackson utilizó una silueta de la banda de Ringo en los sesenta como temible presencia en una furgoneta en su salvaje ópera prima, Bad Taste. La materia del mundo beatle prolifera, muta y se resignifica sin descanso.


¿Efectos del cosmopolitismo pop? Experto en cultura convergente, Henry Jenkins nos cuenta que el Proyecto Global de Audiencias de Disney testeó la circulación de sus productos en 18 países y descubrieron que en 11 de ellos el 100% de los encuestados había visto al menos una película de su factura y que “muchos de ellos habían comprado un amplio repertorio de productos complementarios”.
Los Beatles, que pueden competir holgadamente en estos parámetros, ponen en escena una gran paradoja: si tenemos más información sobre ellos que sobre cualquier otro artista contemporáneo (¿cuántos pueden jactarse de poseer una crónica diaria de su carrera, como la realizada por Barry Miles con el título The Beatles: A diary. An Intimate Day by Day History, publicada en castellano como Los Beatles, día a día?), a pesar de la saturación no dejamos de sorprendernos y deleitarnos con nuevos efectos y repercusiones de su leyenda.

Por empezar, hubo muchas presencias beatle simultáneas. Pasemos revista solamente a algunas. En septiembre de 1965 comenzaron a proyectarse sus aventuras de ficción en dibujos animados (The Beatles Cartoon). Los más memoriosos recordarán, incluso antes, las tempranas actuaciones -en julio de 1964- de The American Beetles en Canal 9, una banda de imitadores que aprovechando la poca información de la época y las dificultades económicas para traer a los originales, tuvieron su momento de éxito en Argentina y Uruguay, incluso más tarde en España. A diferencia de las tantas bandas-tributo posteriores, que desde todos los puntos del planeta centran su performance en el homenaje (de las cuales en nuestro país existen ejemplos como The Beats, Los DuraBeat, The Shouts, Danger Tour, Nube 9, The Beetles 4sale, On Sale, The Beaters, The Beladies y The Silvers, entre otros) sus clones estadounidenses fueron promocionados como si se tratara de los mismísimos fab four.


No asombra demasiado si tenemos en cuenta que los primeros singles de la banda fueron publicados entre nosotros con el título de Los Grillos, tal como consta en “A, B, C, D, Paul, John, George y Ringo”, libro de Lewi, Chilavert, Sanmartino y Ravelo que reconstruye las primeras ediciones de sus discos en Argentina. Nada más precioso para la buena salud del inconciente beatle que las patologías culturales (malintencionadas o no) que el fanatismo propone. Ellos reinventaron el mercado: si los pioneros fans estadounidenses fueron los protagonistas de una de las primeras películas de Robert Zemeckis (I Wanna Hold Your Hand, conocida en castellano como Locos por ellos, 1978), un ciclo se cierra con la terrible historia de Mark Chapman, el asesino de Lennon, que también posee su propio biopic (Chapter 27, de Jarrett Schaeffer, 2007).

Antropológicamente, las preguntas clave en el tema podrían formularse del siguiente modo: “¿de qué modo te influyeron Los Beatles? ¿De qué modo determinaron tu cultura?” y lo cierto es que, en tiempos de nuevas tecnologías, toda la data que conocíamos terminó por simple disponibilidad multiplicándose con más versiones personales, conjeturas, paranoias y delirios, cada uno de los cuales vuelve a resemantizar en mayor o menor medida nuestra “percepción beatle”. Basta con teclear en el buscador de Youtube la frase “Paul is Dead” para contabilizar cientos de videos dedicados a un episodio por demás bizarro y peculiar, la más difundida teoría conspirativa de la cultura pop. Dos meses después del citado asesinato de Sharon Tate, dos estudiantes de la Universidad de Michigan, Fred Labour y John Gray, publicaron un estudio en el cual afirmaban que Paul McCartney había muerto en un accidente automovilístico en noviembre de 1966, y a partir de ese momento había sido reemplazado por un doble.


Desde entonces, hasta el más mínimo gesto real o ficticio de los integrantes de la banda pudo ser entendido como una pista que acercaba a los interesados al centro mismo del secreto. Acertada o no, parcial y/o tendenciosa, ninguna mirada más incisiva que la de un paranoico. Volviendo a las preguntas-clave tratamos de indagar en la construcción de la amenaza ¿por qué cuatro músicos resultaron para tantos culturalmente tan peligrosos?

La respuesta social más obvia podría deducirse de lo que aprendemos viendo el documental USA vs. John Lennon (de David Leaf y John Scheinfeld, 2006) donde vemos al cantante y guitarrista componer una canción, Give Peace A Chance (Dale una oportunidad a la paz) y luego a una multitud sumando a miles y miles de manifestantes coreándola en contra de las políticas de Richard Nixon (esa y otras intervenciones similares tornarían más dificultosa y retrasarían en mucho la obtención de la green card para el beatle, que ¿contradictoriamente? tanto ansiaba la ciudadanía estadounidense).
Sin embargo, sigue siendo en lo viral y por lo tanto incontrolable de sus imaginarios y mitologías en donde se concentra su potencia. Al fin de cuentas estos acrecientan y hacen proliferar muchas tradiciones que se dieron cita en las obras de Los Beatles: de Lewis Carroll a los beatniks, del avant-garde al folk, de las músicas del mundo al pacifismo, un sobreextendido catálogo que aún sigue fermentando en nuestros cerebros y induciendo los más disparatados efectos.

Publicada hoy en Ñ.

Nota de apertura de Jorge Fondebrider.

sábado, 13 de febrero de 2010

Dispersiones estéticas & Simon Reynolds

¿Qué pasó con el mainstream del rock y del pop en la década pasada? ¿Dónde estamos parados? Leo este texto de Simon Reynolds en el blog de Estéticas de la dispersión, proyecto de Franco Ingrassia. Análisis, blog y proyecto más que recomendados.


Estaba mirando la lista de los 200 mejores discos de la década de Pitchork. Y noté algo extraño sobre el top 10. Es obvio que hay un límite en lo que se puede leer en una encuesta de críticos. Pero Pitchfork es una de las pocas instituciones que puede decirse que resulta influyente, en términos del material que cubre y de los juicios que formula. Pitchfork a la vez lidera y refleja a un público que es sustancial y sin embargo relativamente definido. Podríamos llamarlo “post-indie”, lo que significa que Pitchfork es lo más cercano, en la era moderna, al NME de los años posteriores al punk (cuando su perspectiva era distintivamente rockera pero con una apertura a música situada por fuera de este esquema, desde el reggae al disco, pasando por el funk, África y el jazz). Los participantes en la encuesta –el staff de Pitchfork- son personas que pasan muchísimo tiempo escuchando de forma intensa un rango realmente amplio de música. Así que parece improbable que su evaluación colectiva de lo que resultó importante en la última década esté privada de significancia. Y, en todo caso, en función de abrir el debate, voy a avanzar tomando como presupuesto que los resultados de esta encuesta significan algo.


Entonces, ¿qué era lo intrigantemente extraño de su top 10 de la década? Lo que inmediatamente me impactó fue que siete de los discos eran del 2000 y el 2001, con un disco del 2002 y otro del 2004. El único disco editado en la segunda mitad de la década era Person Pitch de Panda Bear. ¿Qué significado podría derivarse de esta densa agrupación (ocho de diez) de los “más grandes discos” en los primeros tres años de la década? Dos interpretaciones son posibles: O la música se deterioró a medida que los 00s avanzaron o se volvió cada vez más y más difícil para la gente establecer un consenso sobre qué grupos o discos eran importantes. La primera posibilidad parece improbable, así que voy a tener que elegir la segunda. Lo cual resuena con el modo en el que la década se sintió: diaspórica, con escenas astillándose en sub-escenas, con la formación de bunkers según los distintos gustos, con el aumento de la probabilidad de que la pregunta “Escuchaste a X?” se encontrara con un gesto de negación con la cabeza o con una mirada de incomprensión.


Me pregunto si mi propio ranking de discos tendría una forma similar al de Pitchfork –es decir, una lista masivamente sesgada hacia los primeros años. Casualmente, ya había participado en una encuesta de críticos similar organizada por Stylus, un webzine que constituyó el “amistoso rival” de Pitchfork hasta que fue cerrado unos años atrás. Sus autores se han reconvocado para una edición especial de balance de la década (los resultados, más un conjunto de ensayos estarán disponibles en algunas semanas). Revisando mis propias elecciones, me sorprendí al ver que el top 10 (e inclusive los 50 discos que elegí en total) estaban equilibradamente divididos entre la primera y la segunda mitad de la década. Ninguna declinación de la calidad según mi propia opinión entonces. Pero al inspeccionar la lista con mayor detenimiento descubrí que mis elecciones provenientes de los primeros años de los 00s eran notablemente más consensuales, incluso “de cultura media”: Kid A de Radiohead, The Blueprint de Jay-Z, Discovery de Daft Punk, Since I Left You de The Avanalches (los cuatro aparecen también en el top 10 de Pitchfork), Original Pirate Material de The Streets, The College Dropout de Kanye West, Boy in Da Corner de Dizzee Rascal. Mientras que mis discos preferidos de la segunda mitad de la década eran llamativamente más idiosincráticos: discos del catálogo del sello Ghost Box, Black Moth Super Rainbow, Dolphins Into the Future, Mordant Music, High Places… grupos que ciertamente tienen fans, pero que están muy lejos de ser centrales. Esto me llevó a preguntarme si el mismo síndrome estaba afectando al resto del mundo. ¿Estamos todos distanciándonos de todos los demás?


La fragmentación del rock/pop ha estado operando desde que tengo memoria, pero esta década parece haber cruzado un umbral. Hubo tanta música en la cual interesarse e investigar. Ningún género desapareció, todos siguieron adelante, lanzando productos, hacienda proliferar a los retoños sonoros. Tampoco se retiraron los músicos a medida que fueron envejeciendo; los que no murieron siguieron sacando cosas, empujándose junto con artistas más jóvenes que confiaban en avanzar hacia la luz. Es tentador comparar la música de los 00s con un jardín ahogado por la maleza. Excepto que se un lecho de flores ahogado por demasiadas flores sería una imagen más exacta, porque mucha de la producción fue buena. El problema no es sólo la cantidad sino la calidad multiplicada por la cantidad. También estaba el pasado, disponible como nunca antes, compitiendo por nuestra atención y afección. El descenso de los precios de los estudios caseros y las tecnologías de grabación digital, combinado con la riqueza histórica que los músicos pueden absorber y recombinar intensificó la calidad de la producción musical. Pero el resultado de toda esta sobreproducción fue que “nosotros” fuimos diseminados a lo largo de un vasto terreno sonoro. Es por ello que hay tan pocas coincidencias entre las distintas encuestas de fin de año o de fin de la década publicadas en las revistas musicales. Si incluso una comunidad relativamente no-difusa como Pitchfork sólo pudo encontrar su centro alrededor de discos que salieron en los primeros años de los 00s, esto sugiere que el deslizamiento de la cultura entera hacia la entropía se está acelerando.


Esta idea es planteada en uno de los comentarios del top 10 de Pitchofork, en torno a Funeral, el disco de Arcade Fire del 2004 que figura Nro. 2 en su lista. Escribe Ian Cohen: “Ya sea por los cada vez más fraccionales hábitos de escucha o por la creciente habilidad para hacerse escuchar de los disidentes, Funeral sigue sintiéndose como el último ejemplar de su tipo, un disco indie que, sonando capaz de conquistar el universo era exactamente eso lo que conseguía”. Señalando el principal déficit de la blogósfera (el hecho de que acordar con la opinión de los otros no genere ningún tipo de valor narcisista) Cohen agrega que “la hipérbole de consenso con la que se encontró Funeral tuvo como consecuencia que cualquier otro disco que amenazaba con alcanzar ese nivel fuese escrutado de modo severo o incluso directamente condenado al escarnio.” Y concluye, melancólicamente, que “aun así, nos preguntamos si alguna vez volverá a suceder algo como Funeral –algo que me diga que a medida que la música se vuelva más y más disponible en la próxima década, todavía podremos atravesar todo ello con la esperanza de poder encontrar algo con la fuerza unificante y con la increíble carga explosiva emocional que sólo discos como Funeral pueden generar”. Lo que Cohen está diciendo aquí sugiere que mis dos interpretaciones de la perspectiva de Pitchfork pueden tener mayor relación de la que había pensado: quizá haya una conexión íntima entre valor musical y consenso.


Es que tengo una corazonada. Yo creo que si uno tuviese que armar una selección de los mejores 2000 discos de cada década del pop y compararlos, entonces los 00s ganarían: vencerían claramente a los 90s, bastante bien a los 80s y vapulearían a los 70s y los 80s. Pero también estoy convencido de que si uno tuviese que comparar los mejores 200 discos el resultado sería el inverso: los 60s le ganarían ajustadamente a los 70s, los 70s obtendrían una victoria apenas mayor sobre los 80s, que claramente vencerían a los 90s y que los 90s le harían morder el polvo a los 00s. Es sólo una corazonada –pero tiene resonancias de verdad. Porque creo que los puestos más altos de este tipo de listas exigen algo más que mera excelencia musical: también tiene que estar presente un “factor X”, esa calidad difícil de definir que suele llamarse “importancia” o “grandeza”.

La importancia rara vez es un aspecto puramente intrínseco de la música misma o del genio de su creador. Un componente crucial de lo “importante” es el impacto y la recepción: lo que la audiencia le aporta a la música. La “fuerza unificante” de Cohen no es por entero inherente al disco; debe, hasta cierto punto, pre-existirlo, buscarlo, verse reflejada en él. En cualquier caso, la significación es siempre un proceso biunívoco. Parte de las razones por las cuales los Beatles alcanzaron la grandeza de forma repetida es porque sabían que el mundo estaba esperando; esto los hizo estar a la altura de la ocasión. Existe un ejemplo relativamente reciente de este síndrome: la edición, a fines del año pasado, de Chinese Democracy de Guns N’Roses y 808s & Heartbreak de Kanye West (escribí sobre ambos aquí). El primero era un fallido intento de resultar importante, el grotesco y desagradable espectáculo de alguien tratando de superar las expectativas; el segundo era un convincente ego-drama acerca de una herida narcisista representado en el mayor escenario posible.


El resultado de la sobrecarga de “cantidad x calidad” es que aquellos optimistas implacables que anualmente corean que el año ha sido fantástico y que “cada año se produce más buena música que el año anterior” están en lo cierto. Pero los previsibles gruñones que se quejan de las deficiencias de la cosecha anual también lo están. Más y más música entre buena y excelente se produce cada año pero ese mismo hecho frustra la emergencia de la música realmente grandiosa, sofocándola. Cuando mayor es la diseminación, más nos diseminamos “nosotros”. Y es incluso peor: a medida que los artistas internalizan la reducción de expectativas, el ciclo menguante sigue descendiendo en forma de espiral.

viernes, 5 de febrero de 2010

Shaking Dog



¿Escuchaste a Las Kellies?
Si querías clasicismo punk, acá lo tenés.


Visitá su MySpace.

lunes, 1 de febrero de 2010

Charlotte Beck


Supe, hace tiempo, que Charlotte Gainsbourg y Beck estaban grabando lo que luego sería IRM por una sugerencia maravillosa de Google: estaba yo entonces buscando información sobre Jocko Beck, nacida Charlotte Beck, reconocida maestra de Zen. Así procede hoy nuestro conocimiento.

Por supuesto, con el tiempo quedaría fascinado con el video Heaven Can't Wait. ¿Qué fue lo que me flasheó? Que era puro Frank Vega. Lo que este genio viene haciendo hace mucho (al menos desde que lo conocí, exactamente una década atrás), explorando las infinitas mutaciones de un universo inestable, donde lo cotidiano revela otras facetas, volvía a aparecer en estas imagenes.



Seguiré ampliando.

viernes, 8 de enero de 2010

Eels, una vez más

Es el modo que más me apasiona de acompañar una obra: esperar la próxima entrega como un nuevo capítulo, ya no más sorprendente, sino más incisivo. No vamos a recaudar las mismas respuestas, sino preguntas que no parecen ser las mismas.
Mark Everett nos trae mas canciones. Unos acordes, unas palabras, una melodía. Ningún arte más definitivo. Las adoramos, necesitamos saber que habrá más.
El álbum se titula End Times.
Empezar así el 2010 es una dicha.
Más si la ilustración de cubierta es de Adrian Tomine.
Un genio acompañando a otro.

Dos muestras. Acá y acá.

miércoles, 28 de octubre de 2009

I Can Be A Frog

Por The Flaming Lips





+ Convinced of the Hex (Live on KCRW)

jueves, 22 de octubre de 2009

Súper siempre en el Malba


Vi nada más que la primera parte del show. El resto lo escuché sobre el escenario). Pregunta del millón ¿qué fue lo que escuché?
Un mar de electricidad (electronoise) y gozosos restos de un naufragio de decenas de timbres que de a ratos sobrevivían a la distorsión generalizada.
Lo mío fue una flauta jajouka trash (al fin de cuentas Burroughs dijo alguna vez que los maestros jajoukas eran una banda de rock de 4000 años de antigüedad ¡y eso quise ser siempre!). Ese sonido agudo lo tuve por delante todo el concierto.


También una premisa de Alan Courtis (aunque no creo que él lo haya pensado como un instructivo): “la paradoja de que los no músicos sean músicos y los músicos sean no músicos”. Al fin de cuentas ¿qué es la no música? Es una pregunta tan zen como preguntarse cómo será el sonido del aplauso de una sola mano (citar mal también es un placer).
Bravo por los Súper siempre y ese momento inolvidable.
Bravo por su (Girlontape dixit) wall of sounds.
Ya que estamos, gracias a Girlontape por las fotos y la onda.

miércoles, 14 de octubre de 2009

Súper siempre en vivo



Gacetilla de prensa: El Lunes 19 de Octubre a las 20.30hs en el auditorio del MALBA (Av. Figueroa Alcorta 3415) el grupo SUPER SIEMPRE presentará su disco “Juicio al Perro”. Formados hacia fines del 2007, este colectivo multidisciplinario nuclea al pintor Alfredo Prior, el escritor/cineasta Sergio Bizzio, el escritor/editor Francisco Garamona y el ex-Reynols Alan Courtis, además de una nutrida selección de invitados. El disco editado por el sello Mansalva Tocadiscos contiene 7 temas entre los que se destacan obras como: “Al Sultan”, “Departamentos de Once” y “Vengan al sol (pero planchando)”. Navegando entre la improvisación libre, el politonalismo, la música étnica de países aún no descubiertos y el punk de salón, el álbum es una de las ediciones discográficas más inesperadas del año.

La presentación será con entrada gratuita.

jueves, 10 de septiembre de 2009

Eels: In My Dream


Es la canción. Pero sobre todo es el video. Es la luz, los tiempos. Es la atmósfera vintage, de fotos viejas. De fotos viejas de un tiempo.
Es emoción pura.


Adoro a Mark Everett.
Top Five, siempre.

domingo, 23 de agosto de 2009

Ornette & Tricky


Sí. Lo que sonaba era In the air tonight, de Phil Collins.
Una grabación. Así comenzaba.
Tricky estaba de espaldas. Fumaba, bebía. Delante de su banda.
Cuando terminó la canción, la banda comenzó a tocar una versión instrumental de Sweet Dreams, de Eurythmics.
Nada es casual.
Esto pasaba el viernes, en la primera visita de el autor de Maxinquaye.



Antes.
También Buenos Aires, pero en mayo.
Me llama un amigo por teléfono.
Me comenta que nadie sabe del paradero de Ornette Coleman.
¿Se suspenderá el concierto?
Para nada. Llega puntual e insuperable.
Pero ¿dónde se había metido?



Otro amigo me dice “hace free jazz con su vida”.
Nada es casual.
No es sólo la música.
Perdón: sí es la música.
Pero esta jamás se reduce sólo a sonidos.


¿Lo mejor que me pasó como espectador éste año?
Coleman & Tricky.
Sin dudas.

La foto de Coleman y su banda es de Eduardo Rey.

domingo, 9 de agosto de 2009

Pop Culture Now


Es posible que el arte contemporáneo tenga uno de sus más potentes orígenes en las prácticas pop de los cincuentas y sesentas a ambos lados del océano (su trabajo sobre el más sobreextendido régimen de afectos y percepciones del siglo XX: la seducción masiva más demoledora de la centuria). Pero no menos cierto es que el estado pop, a su vez y sin descanso, fue aprendiendo más y más de las puestas en escenas del arte de nuestros días. Vean sino esta película breve de Lady Gaga.



Tómense unos minutos y lean ahora el Manifiesto Altermoderno (versión extendida) que Nicolas Bourriaud presentó a modo de disparador curatorial en la Trienal de la Tate Modern. ¿Acaso Lady Gaga no pone en escena un fashion absolutamente Alterpop? La obsesión políglota, el énfasis en la traducción, la era del subtitulado universal y del doblaje generalizado están presentes en cada gesto. Aún más la traducción y la transcodificación de información de un lenguaje a otro.
Pero no sólo.
No dejen de ver este otro mini-film.



Lady Gaga no sólo deglutió la lección de una puesta contemporánea, sino también la de la viralidad web: sus clips tienen una y otra y otra versión (y no me refiero a los registros de fans de sus actuaciones), voracidad que sus fans replican: el video ya tiene su versión metavérsica (Second Life tampoco descansa).



Adoro sus performances acústicas (de hecho les dediqué un posteo) pero también las puestas de sus clips, como ésta y ésta. Remixología rococó y trash, superproducción, derroche y pasividad extrema.


También compone para otros intérpretes, como Britney Spears.
De la cuál lo único que me gusta (y mucho) es este cover.

sábado, 1 de agosto de 2009

Súper Siempre antes de Súper Siempre


Existió un tiempo en que Súper Siempre no era aún Súper Siempre.
Se barajaban nombres, ninguno era aceptado del todo, a nadie le importaban los nombres. O a todos les importaban demasiado.
La invitación fue contundente: “es una especie de jam galáctica” me dijo Prior. También hablé con Garamona por teléfono, y creo que dimos el asunto por sobreentendido. Alan Courtis estaba de gira o de vacaciones.
Fue en enero de 2008.


En el estudio, además de los citados, estaban Bizzio y Nahuel Vecino. No hablamos demasiado ¿había algo que decir? Fuimos directo a los instrumentos.
Cece, en una descripción muy certera de la presentación del grupo en el ciclo Manifiesto, lo piensa como una operación conceptual. Creo que puede serlo en tanto lo fueron (para dar ejemplos bien célebres) las colaboraciones sonoras entre Asger Jorn y Jean Dubuffet, o también las Tres variaciones sobre el Canon en Re Menor de Johann Pachelbel que Brian Eno y Gavin Bryars junto a The Cockpit Ensamble realizaron para el denominado Frech Catalogue.
Bueno, hay muchas formas de transitar un breve caos.
Vaya un video inédito de la experiencia pre Súper Siempre.




Un libro encantador, que cada tanto reeleo, es Free Play, de Stephen Nachmanovitch. Lo cierto es que cuando di con él entendí mejor qué era lo que hacíamos exactamente con Prior cuando, durante meses, nos reuníamos a escribir a dos manos. Estoy faltando a la verdad: muchas veces ni siquiera nos reuníamos y así venían nuestras cuentas telefónicas.


Cité las experiencias de Dubuffet y Brian Eno porque en ambos casos la interacción fue entre quienes sabían tocar un instrumento y quienes no diferenciaban una nota de otra. En Contagiosa paranoia doy algunas vueltas sobre el tiempo en que el francés vivió en Buenos Aires y se aplicó a sus estudios de piano y tango y de por qué extraños cauces se conectó el trabajo a dúo con el miembro del grupo Cobra con sus correrías porteñas.
¿Deberíamos referirnos a la interacción entre un lenguaje intuitivo (el vértigo de un balbuceo) y otro lenguaje articulado, adquirido?


También cite el ejemplo de Eno porque en esa experiencia muchos no músicos se fueron sumando al avance de una ejecución tradicional del Canon de Pachelbel. Un poco como cuando Jorge Bonino irrumpía en el transcurso de la representación de una obra de teatro y sin guión ni pauta se entrometía en una escena articulada (un meteorito en un mecanismo de relojería.) La tarde de las fotografías fue precisamente al revés: con Garamona y Vecino intentamos encontrar algunas frases musicales en el medio del balbuceo.
Como cuando Bonino se expresaba en su incomprensible glosolalia en congresos de lingüística y muchos de los presentes iban descubriendo frases impecablemente construidas en diversos idiomas.


“Otro ejemplo de lo que Frank Zappa llama una pandilla de viejos amigos reunidos para tocar rock’ n’ roll. Pero, como todos sabemos, el rock’ n’ roll nunca morirá, y también el aprendizaje, como Henry Adams dice siempre, avanza continuamente” Thomas Pynchon (dixit)

Por supuesto lo bueno es que en este caso nadie pensó en tocar rock’ n’ roll.
Y quizá tampoco en el aprendizaje.

Súper Siempre se presentará en vivo el 10 de agosto en el auditorio del Malba.

jueves, 30 de julio de 2009

Aparato Ruido: Otra manera de hacer arte


En ese momento no terminaba de entenderlo. Sí, lo intuía, pero acepto que me costaba aceptarlo. Schanton insistía en que escribir novelas o cuentos era “una forma muy vieja de hacer arte”. Por entonces Marcelo Eckhardt era aún inédito pero ya llevaba escritos varios libros. Sin embargo, fue por esos días (hablo de principios del ’92, poco faltaba para que Pablo firmara sus primeras notas para el suplemento Sí) que con Eckhardt comenzamos a experimentar con la escritura de otro modo (de sus textos salió más tarde el increíble Látex).


El Club Sónico era historia y Schanton había puesto en marcha el Proyecto Aparato Ruido (P.A.R.) Lo primero que me atrajo fue que hablaba de “producciones” y no de textos. Me dijo “hay que hacer con un texto lo mismo que Phil Spector hace con una canción”. Confieso que es algo que todavía sigo teniendo muy presente. De hecho, antes de conocerlo personalmente, incluso (creo) antes de haberlo escuchado por primera vez en el Instituto Goethe (primavera del ’90), había leído varios de sus ensayos. Algunos en colaboración (en Cerdos & Peces, sobre Joy Division, Velvet Underground, New Order, Pixies), en Pan y Circo, en la revista de la Rock & Pop. Pablo ya era mucho más que un periodista de rock (como le gustaba definirse). Era un teórico, desplegaba un arsenal de lecturas –y aún mejor, de aplicaciones de esas lecturas- que estaban muy lejos (muy por encima) del mejor paper universitario que hubiera llegado a mis manos.
Y sin dudas, remixaba lo más interesante de una tradición que ambos conocíamos muy bien: las revistas argentinas de rock. De Expreso Imaginario a Pelo, pasando por tantas otras efímeras, conectábamos perfectamente en ese imaginario.


Aparato Ruido comenzó como una idea de suplemento de la revista Venus (de los hermanos Gil –Georgina y Gonzalo- y Andrés Castro) y muy pronto se independizó y hasta cambió de editorial (por AC). El primer número fue diseñado por el excelentísimo Wili Peloche y los dos siguientes (sí, sólo fueron tres, aunque existe un cuarto inédito) por Alejandro Ros. Muchos amigos colaboraron en sus páginas: Fernando García, José Bellas (P.K.). Y creo que se trató de la primera revista de rock que incluía un casete con grabaciones expresamente realizadas para cada número (Juana La Loca, Suárez, Daniel Melero, Tía Newton, Avant Press –Leo García, Ezequiel Araujo-). Lo cierto es que no siento nostalgia, sino pena de que hoy no exista en Argentina una revista así. De lejos y según pienso, la publicación más interesante (en cuanto a la propia escritura, a los textos, a la idea, al concepto) del rock del fin del mundo.


Era realmente una revista de cultura rock. No era fácil: la mayoría de los músicos que aparecían en sus páginas no terminaban de entenderla. Me acuerdo de una observación que me hizo Adrián Dárgelos con respecto a un ensayo de Eckhardt (“no se entiende si es un cuento o una reseña”). Y lo cierto es que tenía razón y precisamente esa promiscuidad era la que nos atraía. Habíamos dado unos cuantos pasos más allá del “nuevo periodismo” que de la mano de Pettinato había brillado en la segunda época de Expreso Imaginario. Y si habíamos avanzado, sin dudas fue porque Schanton tenía razón al subrayar que no era necesario dedicarse a la literatura.
Lástima que muy pocos ahora insistan en “esa manera de hacer arte”.

Recomiendo mucho este rescate de un texto de Schanton, acá.